Por Florentino Martínez
UN ESBOZO DE MINATITLÁN EN 1919
“Minatitlán tenía sus lugares pintorescos, como la orilla del río (…). Había un pequeño embarcadero de madera, en el que atracaban las lanchas y cayucos que traían pasajeros y carga de otros lugares ribereños. Otra cosa simpática, y era que los sábados, y a la sombra de los árboles, se situaban los barberos ambulantes, que arreglaban las barbas, cortaban el pelo y ponían cosméticos a los bigotes, por solo un tostón (cincuenta centavos).
Pero como todas las cosas tienen su revés, veíamos también cosas desagradables, y eso año por año. Resulta que el Coatzacoalcos, antes de pasar frente a Minatitlán, es decir, río arriba, recibe las aguas de otros, tanto o más caudalosos que él; pero, como desemboca en el mar, conserva siempre su mismo nivel. Mas viene la temporada de lluvias que hace que los afluentes del río aumenten sus caudales, aumentando también el de esta, haciendo que se desborde e inunde las partes bajas de los lugares que baña.
Pues bien, Minatitlán es uno de esos lugares, y sufre anualmente esa desgracia, aún cuando no en las mismas proporciones que en aquel entonces, en que las aguas invadían casi todas las calles de Iturbide y Lerdo, pues había veces en que para ir a Puerto México, había que embarcarse frente a la casa Amarilla, en donde estaba la agencia de ventas de la Compañía “El Águila” y vivían algunos empleados solteros, en la planta alta, y ocupaba el lugar en que la Sección 10 del S.T.P.R.M. está construyendo un suntuoso edificio en la calle de Iturbide.
La calle de Lerdo quedaba sumergida en el agua, toda vez que estaba en la orilla del pantano, y todo eso era una laguna, mientras duraba la creciente. La calle de Juárez también sufría, porque estaba al margen de un canal, que todavía existe, por el que se deshace la refinería de sus desperdicios, y desemboca en el río precisamente en la Portada Sur, y que crece a la par que el río, inundando todo su trayecto, en el que estaba la calle de Juárez (…).
Incluyo en esta situación a la Isla de Capoacán, porque allí sí de veras se sufría, pues la Isla desaparecía casi por completo debajo del agua, no dejando de ver, en muchas ocasiones, más que los techos de palma de las casas con paredes de barro, en que tenían necesidad de vivir aquellas pobres gentes, por razones de trabajo, y perdían o echaban a perder muchas de sus cosas, y habían veces que hasta la vida, pues no era raro ver que el río, en su furia, arrastrara árboles enteros, y a veces con su pedazo de tierra, casas, y cadáveres de animales, y hasta humanos. Eso era verdaderamente trágico” (Rodolfo G. Domínguez, Tres cuartas partes de mi vida, manuscrito proporcionado por Antonio García de León).


